A mi gran amigo Ángel Gracia

Desde el sábado 26 de diciembre, en este fin de año lluvioso y triste, la Federación ya no es la misma. Nos falta Ángel Gracia. Y el mundo de la caza llora conmocionado su muerte, inesperada y traidora.
Hoy, tras asistir en Casetas al sepelio de Ángel, me cuesta mucho escribir estas líneas, después de haber hablado con decenas de amigos que me han preguntado detalles de su fallecimiento. Uno no sabe ni qué contestar, porque si todas las muertes de nuestros familiares y amigos nos traen un inevitable dolor, en este caso la brutal noticia nos ha conmocionado especialmente.
Acabábamos de celebrar estas tradicionales y familiares fiestas navideñas, camino de despedir un año que cuanto antes termine mejor, cuando me dijeron que a Ángel se le había roto el corazón. Unos días antes, en Madrid, le había visto más animado que nunca, esperando disfrutar con más intensidad con su mujer, sus hijos, sus nietos, ese tiempo y esa atención que durante tantos años había tenido que hurtarles por su dedicación federativa. Físicamente, estaba fenomenal, superado afortunadamente ese episodio que nos tuvo a todos en vilo: había vencido al cáncer, que ya sólo era un penoso recuerdo. Iba a afrontar una nueva etapa en la que intentar devolver a Manoli, su esposa, tantas horas pérdidas.
Pero no será así. En unos segundo, su corazón le ha jugado, nos ha jugado a todos, una mala pasada y en unas circunstancias penosas, junto a su mujer en el coche, el infarto no tenía vuelta atrás.
Su sepelio ha sido una enorme manifestación de duelo. Todo el mundo federativo se ha volcado en su memoria, recordando emocionadamente que durante años y años Ángel era la Federación. Secretario y gerente de la Real Federación Española de Caza, desde los tiempos de la calle de Ortega y Gasset hasta nuestra actual sede en Francos Rodríguez, mañana, tarde y noche, todos los días del año, hasta hacer un par de ellos, él era la Federación. Todos le llamábamos a cualquier hora y allí estaba para solucionar los problemas. No se cansó de repetir: “Hay que ser, antes de todo y por encima de todo, Federación”.
Siempre antepuso los intereses de esta Casa a cualquier problema personal, a cualquier situación por muy comprometida que fuera. Viajó incansablemente de norte a sur, de este a oeste, en nuestro país y en cualquier lugar en el que hubiera sido requerido. Una labor callada, sin protagonismos, siempre apoyando a la estructura federativa donde se necesitase. Y sobre todo, defendiendo la necesidad de una Federación fuerte y unida, sin falsos protagonismos, sin defensa de intereses de grupos o de influencias, sino únicamente a favor de algo que para él fue casi sagrado: la caza y su futuro estaba por encima de cualquier otra circunstancia temporal.
Como buen aragonés, no era diplomático, no sabía dorar la píldora a nadie. Decía la verdad, su verdad y la verdad más absoluta, hasta al lucero del alba, cara a cara, sin importarle que nos gustase o nos incomodase. Sus consejos han marcado una impronta en la tarea federativa y ahora mismo todos los que han trabajado con él en la sede federativa nacional tienen los ojos anegados de lágrimas y un silencio se extiende por los despachos en esta mañana de diciembre.
Repaso cientos de momentos con él vividos. Algunas jornadas de caza, muchas menos de las que los dos quisiéramos ya que siempre anteponía sus obligaciones a sus aficiones y no dudaba en estar en competiciones, asambleas, días de la caza, aquí y allá, con su sonrisa y su presencia afable, dejando en todos los sitios el poso de su amistad. Su merecido homenaje en Zaragoza, multitudinario y cálido, cuando a pesar de mi insistencia para que continuara al frente de la gestión en la RFEC, donde tanto le necesitábamos, decidió jubilarse y dedicar más tiempo a su familia. Le impusimos la medalla de oro de la Federación. ¡No pudo haber reconocimiento más justo!
Desde entonces, colaboraba con nuestra Fundación, con Fedenca, de forma siempre desinteresada, buscando lo mejor para el futuro, para los muchos proyectos que tenemos en marcha, para la incorporación de los más jóvenes a este apasionante mundo venatorio. Y al mismo tiempo, cada vez estaba más volcado con una nueva actividad relacionada con la lucha contra esa plaga de nuestro siglo que es el cáncer y que tantos amigos se nos lleva. Tenía mucho trabajo por delante y ya no lo podrá hacer.
Sólo quisiera, al mismo tiempo que me uno al dolor de su familia, pedir una oración por su eterno descanso y que desde donde esté nos siga ayudando a hacer una mejor Federación de Caza, una entidad que sepa dar respuesta a los retos que nos plantea el futuro y que nunca olvide la aportación de Ángel, al que siempre recordaremos por su trabajo y sobre todo por algo muy simple y muy difícil: ser una gran hombre y un gran amigo.
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